Golazo para la autoestima infantil.

Golazo para la autoestima infantil.

Jueves 9AM. La ciudad despertaba silenciosa y despacito de una resaca de 36 años. Un golazo de Farfán y otro de la Sombrita nos habían clasificado hace una horas al Mundial.

Las redes sociales estaban llenas, las calles, vacías. 

Desde el parque, la voz de un niñito rompió la modorra del feriado, gritando con todas sus ganas: ¡¡¡Vamos Perú!!!

Yo había escuchado eso antes… 

Igual que el olor del plátano arrebozado con queso, el grito orgulloso y feliz de ese niño hizo que mi mente volara a la casa de mis abuelos, a los años 70, al barrio, al Parque Villarán, a esos “partidazos” que jugábamos con Edy, Rolfi, José Luis, Luis y José y los patas de las otras cuadras. 

En esos Mundiales imaginarios, ninguno de nosotros elegía ser Italia, Alemania o Argentina: si te tocaba elegir primero, elegías -sin dudarlo un segundo- ser Perú. 

Ninguno de nosotros quería ser Beckembauer o Muller: queríamos ser Cubillas, Perico o Chumpitaz. Hacías paredes como las que hacían Cueto con El Nene, huachitas como las que hacía Sotil, goles como los que hacía Cachito, Baylón o Gallardo. 

Si te tocaba elegir segundo... piña! Te quedaba resignarte a ser Brasil, el Campeón del Mundo; pero sabías que -aún siendo el scratch- jugarías en desventaja frente a los malditos que eligieron primero ser la Selección Peruana. 

 

¿Barcelona? ¿Manchester? ¿Bayern? Nah… Mi hermano Edy era hincha de la U (pobrecito), yo del Alianza. Ni nos interesaban los equipos de fuera. Para qué, si aquí había un reñidísimo campeonato local. Nos sabíamos todos los jugadores de cada equipo, llenábamos los álbumes, jugábamos fúlbito con chapitas, y donde hubiera fulbito de mano, ahí se iban nuestras monedas. Pegábamos afiches de los jugadores en la paredes de nuestra habitación, y banderines de equipos y selecciones que algún tío nos conseguía por ahí. 

Eramos fans. Eramos hinchas del fútbol del Perú. Cualquiera al que le regalaban una camiseta en Navidad o una pelota de cuero de 21 paños, salía a lucirla como si le hubieran regalado un playstation. 

Me alegré por el niño del parque... porque recordé lo que yo sentía cuando tuve su edad. 

Yo vivía en un país de sueños infantiles. Una tierra en la que había, amigos, familia y fútbol de nivel mundial. Y para colmo de las suertes… a mi me había tocado la tremenda suerte de ser peruano. ¡Que lecherazo!